
Cuando me di cuenta de que tendría que morir en la hoguera ya suponía yo que iba a ser una muerte que escocería bastante. Me bastaba recordar cuando por accidente alguna vez me había acercado a algunas brasas para hacerme una remota idea de lo fatigoso que iba a resultar morir achicharrado.
Pero desde que lo vi supe que mi destino sería morir como él. Mi alma se ensanchaba al recordar como se enfrentaba inmutable a esas ascuas infernales, como había aguantado el degüello de clemencia y después el calor que le bañaba en su propia grasa que diluida salía a través de los poros de su piel tostada por acción del fuego.
Al ver como aguantó mi padre ese ardiente carrusel de dolor en aquel hipermercado me di cuenta de que no hay mayor honor para un pollo de corral que morir asado.
