Zambullirse de vuelta a los orígenes, al útero materno, a sus ojos. A esos ojos que eran como una playa en pleamar, verde aguamarina con vetas de arena, enmarcados en espuma salada. Zambullirse en ellos es refrescante y embriagador y al abandonarlos tienes la piel tersa pero también una capa de sal que te acompaña y te incomoda el resto del día en los labios, en los parpados, en la entrepierna y detrás de las orejas.
Quizás lo mejor tras una zambullida en sus ojos sea darse una ducha de agua del grifo, fría y cálcica y que, de esta forma, el único recuerdo que quede de ellos sobre tu piel sea el aroma refrescante de la nostalgia.

